Daniela, ¿cómo te lo cuento? ¿Que somos buenos padres? Supongo que sí, lo somos, pero también te cuento que como padres lidiamos con nosotros mismos, que a ciegas luchamos casi más con nosotros mismos que con los niños, y en esto tú eres como yo, todos somos en algún punto iguales: humanos, terriblemente humanos, y a menudo como padres quisiéramos ser dioses, quisiéramos nunca equivocarnos, y no hay manera, y un error detrás de otro, y de acuerdo: aciertos y amor y cariño y reírnos con ellos y momentos buenos, sí, de acuerdo, pero también errores, enfados a destiempo, distracciones, faltas nuestras de respeto a ellos por pensar que como padres tenemos derecho, y no: no lo tenemos.
No sé si tienes la misma fantasía acaso real que yo tengo: yo pienso que desde el momento en que te haces padre o madre, algo cambia en ti, hay algo muy vivo en la magia de la vida que se te abre al hacerte padre; ¿cómo explicarte? Quizá tú como yo tienes fe en que hay algo más, ni siquiera es necesario ponerle nombre ni hablar de religión ni de filosofía, no: te hablo de la vida, de nuestra vida de todos los días, de las cosas que no entendemos, de las casualidades así llamadas y que nosotros sabemos que no son azar, de las pequeñas cosas inexplicables que nos hacen sentir esperanza en que todo esto tenga sentido: pues bien, en ese ámbito, yo sí noto en mí la magia de ser padre, el poder de ser padre, poder y magia entendidos como algo que va más allá de lo material y de lo racional, y creo con toda firmeza que mi noción del sentido de la existencia es mucho más clara desde que nació mi hija, mi fe firme en la verdad de que el espíritu es lo que lo forma todo y en la verdad de que la materia siempre es vencible y solo un sueño que nosotros soñamos y formamos, es más firme aún desde que soy padre.
Y en eso sí somos un poco Dios.
Y amor.
(c) del texto: Santiago Tena, 2008.




